JUVENTUDES EXPUESTAS ANTE LA INSEGURIDAD

Durante este año se han registrado distintos hechos violentos que ponen sobre la mesa una preocupación cada vez mayor: la seguridad de las juventudes en Morelos. Al menos cuatro estudiantes vinculadas con la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) han perdido la vida en lo que va del año. Además, un joven estudiante de la misma institución permanece desaparecido desde hace meses, mientras que otro estudiante de odontología falleció la semana pasada, presuntamente tras resistirse al robo de su vehículo.
A inicios de 2026 se reportó el feminicidio de dos estudiantes que previamente habían sido reportadas como desaparecidas. Una de ellas fue Kimberly Jocelin Ramos, localizada sin vida cerca de un bosque en la localidad de Chamilpa. Días después, Karol Toledo fue localizada sin vida en el municipio de Coatetelco. Ambos casos generaron indignación entre la comunidad estudiantil y dieron lugar a movilizaciones para exigir seguridad y justicia.
Posteriormente, Michelle Itzayana Fuentes Calderón, de 15 años y alumna de una preparatoria de la UAEM, fue reportada como desaparecida el 24 de mayo. Días después, fue localizada sin vida en el municipio de Tepoztlán, en los límites con Yautepec.
Durante este mismo año también se reportó la desaparición del joven estudiante Dorian Olivo. La última información sobre su paradero corresponde al 2 de junio, en el municipio de Huitzilac. Desde entonces, su familia continúa con su búsqueda y permanece a la espera de información que permita conocer su paradero.
Hace una semana, un estudiante de odontología del Centro Educativo de Humanidades (CEDHUM) perdió la vida tras un hecho que, de acuerdo con los primeros reportes, habría ocurrido durante un intento de robo. Presuntamente, sujetos intentaron despojarlo de su vehículo y, tras oponer resistencia, fue atacado con un arma de fuego. Posteriormente, perdió el control de la unidad e impactó contra un vehículo de transporte.
A estos casos se suma el de Claudia Tacoronte Aguilera, estudiante de intercambio de 21 años y originaria de España, quien fue localizada sin vida este fin de semana, el 12 de septiembre, en Cuautla. De acuerdo con los primeros reportes, la joven habría sido víctima de un intento de asalto en la Casa de la Cultura de Cuautla. Tras intentar ponerse a salvo, habría sido atacada con un arma blanca y posteriormente falleció a consecuencia de las lesiones.
Las universidades no son responsables de estos hechos. Sin embargo, resulta difícil ignorar que la violencia también está alcanzando a jóvenes que se encuentran estudiando, trabajando o realizando actividades cotidianas en distintos espacios del estado.
Y ahí es donde surge una preocupación que va más allá de cada caso individual. Ya no parece tratarse únicamente de tomar precauciones, evitar determinados lugares o procurar no exponerse a situaciones de riesgo. Aunque estas medidas pueden ser importantes, también existe una realidad que no depende completamente de las decisiones individuales: la violencia puede aparecer en espacios y circunstancias que, en principio, forman parte de la vida cotidiana.
Estos hechos han generado un impacto particular al involucrar a estudiantes y jóvenes; sin embargo, no son los únicos casos de violencia que han afectado a personas de estas edades. El pasado 2 de agosto, por ejemplo, dos jóvenes de 22 y 25 años perdieron la vida durante un ataque armado ocurrido en un bar ubicado en Alta Vista, Cuernavaca. Ambos se encontraban trabajando en el establecimiento cuando fueron alcanzados por impactos de arma de fuego.
La preocupación por la seguridad de las juventudes crece conforme se acumulan estos casos. Para muchos jóvenes, estudiar, trabajar y construir un proyecto de vida representa una oportunidad para avanzar, desarrollarse y pensar en el futuro. La violencia, sin embargo, puede irrumpir en esos espacios de manera inesperada y modificar la forma en que se vive y se percibe el entorno.
Por eso, recordar estos casos no debería significar convertirlos únicamente en cifras o titulares. Detrás de cada uno había una persona con una historia, una familia, amistades, proyectos y una vida que continuaba construyéndose.
Hablar de lo que ocurre en nuestra localidad tampoco debería entenderse como una forma de sembrar miedo entre la población o los padres de familia. Hablar de ello puede ser una forma de reconocer una realidad que necesita ser discutida y, sobre todo, de abrir conversaciones que permitan plantear soluciones eficaces.
La seguridad de las juventudes no debería ser una preocupación que aparezca únicamente después de una tragedia. También implica generar condiciones para que estudiar, trabajar, trasladarse y participar en la vida pública puedan desarrollarse sin que la violencia se convierta en una presencia cotidiana.
Hablar, exigir y recordar también puede ser una forma de resistencia. Y mantener la memoria de quienes ya no están es, al mismo tiempo, reconocer que sus vidas fueron mucho más que el hecho violento que terminó con ellas.
Publicado el 14 de septiembre de 2026
